ZLATAN IBRAHIMOVIC: “Preferí renunciar al futbol por el único que me llama ‘papá’. Cuando era pequeño, yo no tenía a alguien que jugara conmigo. Veía a los demás irse de paseo, tener bicicletas nuevas, comer dulces que yo solo podía mirar. Mi padre hacía lo que podía, pero muchas veces no alcanzaba ni para el alquiler. Nunca tuvimos nada, salvo esa fuerza dura, ese orgullo búlgaro que me enseñó a sobrevivir. Y sobreviví. No solo eso. Me convertí en leyenda. Salí del barrio donde no se perdonaba ser diferente, donde me decían que no era sueco por tener ojos oscuros y acento raro. Me hice un nombre en el fútbol mundial. Gané más de lo que había soñado. Pero nada, absolutamente nada, se compara con mirar a mis hijos a los ojos y saber que ellos nunca tendrán que pasar lo que yo pasé. ¿Y sabes por qué? Porque decidí parar. Porque entendí que ya había ganado todo menos la más importante: la de ser un padre presente."